Alejarse del mundanal ruido, conectar con la naturaleza, disfrutar del silencio. Son solo algunos de los placeres que puede proporcionarte una finca rústica, en el campo.
Cada vez son más los urbanitas que, convencidos de que la calidad de vida es superior fuera de la ciudad, compran una vivienda o finca rústica en un pueblo con encanto. No importa que no sea un lugar idílico. Basta con que esté a unos cuantos kilómetros de la capital, tenga aire puro y mucho campo para caminar. En realidad, para vivir, no hace falta mucho más.

Primeras o segundas residencias para vivir slow
Las prisas de la gran ciudad no nos dejan disfrutar de los pequeños detalles. Todos sabemos que en la ciudad el trino de los pájaros es sutituido por el motor de los coches. Que el aire no huele a cerezos en flor, sino a combustible fósil. Que los colores que predominan en la urbe no son los verdes, sino una escueta tonalidad de grises.
Comprar una finca rústica, además, puede proporcionarnos muchas otras satisfacciones. Porque además de ser casas grandes y tranquilas, suelen estar rodeadas de naturaleza. Y no hará falta que te conformes con un pequeño jardín, no.
La mayoría de veces, estas fincas rústicas tienen metros – e incluso hectáreas – de terreno listo para cultivar. Así que, lo que podía ser un proyecto de segunda residencia, puede terminar convirtiéndose en una nueva oportunidad profesional. ¿Te imaginas a ti mismo emprendiendo el negocio de la viña? ¿Y si pudieras dedicarte a cuidar animales? Una finca rústica te está esperando para que empieces a vivir slow.

En fotocasa puedes encontrar un buen número de oportunidades, listas para ser vividas.





