Cada invierno, el termostato sube para combatir el frío. Cada verano, el aire acondicionado trabaja sin descanso para hacer la vida soportable.
Y cada mes, la factura de la luz o el gas llega como un recordatorio implacable de lo caro que resulta mantener el confort en casa.
Desde la perspectiva de la reforma y la rehabilitación, sabemos que la raíz del problema no suele estar en la potencia de los equipos de climatización, sino en la capacidad de la vivienda para conservar la temperatura.
Un hogar mal aislado es como un cubo con agujeros: da igual cuánta energía se invierta en calentarlo o enfriarlo, porque esta se escapará constantemente.
La solución más eficaz y duradera no es otra que mejorar su «piel», es decir, su aislamiento térmico.





