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“Por San Blas, la cigüeña verás” dice nuestro sabio refranero español. Tradicionalmente el principio de febrero marcaba el regreso de África de estas peculiares aves migratorias. Aunque es cierto que el cambio climático ha propiciado que cada vez sean menos los meses que se ausentan de España.

Nos hemos acostumbrado a sus majestuosos vuelos y el peculiar tableteo de sus picos, pero su presencia en núcleos rurales o urbanos no está exenta de problemas.

Catedrales como las de Astorga, León o Segovia han sufrido por el excesivo peso de sus nidos sobre sus flechas, espadañas, pináculos. Es conocida la tendencia de esta especie a nidificar sobre las atalayas naturales o artificiales, buscando siempre el mayor dominio sobre el horizonte. Aprovechan las zonas altas de iglesias y palacios, por lo que lo construyen sobre las cúpulas o campanarios, que generalmente soportan su peso sin especiales alteraciones iniciales.

Los nidos de las cigüeñas generan sobrecarga en las estructuras de los monumentos

Sin embargo, por la acumulación de todo tipo de materiales que las cigüeñas aportan, estos nidos pueden llegar a pesar más de 500 kilos, generando importantes sobrecargas para las que no están preparadas las estructuras sobre las que se apoyan. Además, estas aves, auténticas expertas en el cálculo estructural, llegan a anidar sobre las agujas y los pináculos que están rematados por florones o figuras, sobre las balaustradas y aleros e, incluso, sobre elementos volados, como las gárgolas de piedra. Y aquí surge el problema. La sucesiva aportación de nuevos materiales al nido y la ocupación de la pareja y sus crías, acaba desestabilizando los elementos de piedra, llegando a producir su rotura y caída, como ya sucediera en la catedral de León y en numerosas iglesias, palacios y grandes casonas.

Además de los de las cigüeñas, los excrementos, extraordinariamente ácidos, de las palomas, vencejos y otras aves también suponen un daño para la conservación de nuestro patrimonio histórico. Su depósito en el entorno de los nidos produce una acción corrosiva que degrada los acabados en piedra y, además, favorece la aparición y crecimiento de especies vegetales, que producen graves daños al penetrar sus raíces en los muros y cubiertas, y con su crecimiento acaban agrietando y arruinando estas fábricas monumentales.

Urge encontrar el necesario equilibrio entre los criterios ecologistas y antropológicos que propician una masiva presencia de estas aves en nuestros monumentos y la conservación de nuestro débil patrimonio arquitectónico. Solo con el uso de medidas de protección, en nuestro país, podrá convivir nuestra riqueza natural y monumental.